sábado, julio 13

Una fiesta mundial para España | Mundial fútbol femenino 2023

“Joder, Javi, ¿cómo hemos venido sin vestirnos de rojo? Es que tú me dirás”. La novia de Javi no está enfadada del todo con él, pero le hace ver que estas cosas hay que pensarlas antes de salir de casa. “Dice la Tere que cuando salga de currar viene volando hasta aquí, que tranquilas”, aclara una rubia de unos veinte años sus dos amigas, mientras las tres se acercan al escenario caminando a la vez y vestidas de rojigualdas. La coreografía que emocionaría a Santiago Abascal. “Me tenía que haber traído la bandera de Castilla-La Mancha o por lo menos la de Albacete. Qué bien que el papá está en el trabajo, y el niño y el perrillo con la abuela”, le dice una madre a su hija, mientras lamentan medir menos de uno sesenta.

La tarde-noche de este lunes había muchas mujeres y muchas generaciones juntas para recibir a las campeonas del mundo que volaban a Madrid desde Sídney tras su victoria en la final del Mundial. Abuelas, madres y nietas. Y novios, y familias. Y niños muy pequeños que pedían la bandera en sus mofletes en cuanto veían que alguna mujer sacaba de su bolso el pintacaras. Qué fiesta. Qué karaoke.

Lo de ayer en el escenario de Madrid Río tenía tantos clichés como personas. Equipaciones de Real Madrid y del Barça, banderas catalanas y asturianas, una de Ponche Caballero con más de un uso. Camisetas de fútbol con los dorsales más que deteriorados, cuyos dueños puede que desconozcan que para que no se quiten los números hay que lavarlas sin suavizante. Bolsos falsos de Louis Vuitton, centenares de pantalones cortos vaqueros y deshilachados, purpurina y lentejuelas en los párpados.

Muchos hombres. De atuendos diversos, con pluma y sin ella. Y cómo no, los aliados, muchachos que no sabían hasta hace un cuarto de hora los nombres de las jugadoras pero que, como la juventud es atrevida, merodeaban la explanada en busca de alguien con quien tontear y lo que surja. El más osado se había pintado “Alexia” en la mandíbula izquierda.

La ola de calor hacía proliferar las latas de bebida. Tinto de verano, rosado del montón, bebidas energéticas y cerveza de litro. Pulseras del Camino de Santiago, de festivales de música y con los colores del arco íris.

Las mujeres de la edad de las campeonas del mundo, ésas a las que también querría besar Luis Rubiales si tuviera la ocasión, demuestran en la celebración que no todo está perdido en España, salvo la gobernabilidad. “No me jodas, ni que fueran novios”, apunta Lucía, de 16 años, sobre el abuso cometido por el presidente de la Federación Española de Fútbol con la jugadora Jennifer Hermoso, mientras se hace fotos con sus amigos. Altivas, desacomplejadas y excesivas. Bailan y se maquillan unas a otras, se comen perritos calientes que rebosan tomate y mostaza, devoran patatas fritas de sartén.

Y no contentas con eso, se lo cantan todo. “Tú tienes un manual pa’ calentar mi piel”, corean mientras suena Anuel AA. Silban cuando sale un señor al escenario de la federación, pide paciencia y anuncia que esa noche tocarán, entre otros, Camela y Juan Magán. Pitan, aunque poco, cuando alguien pronuncia el apellido Rubiales. Luego seguirán cantando a Morat, a Beret y a Aqua con su I’m a Barbie girl.

Ha caído el sol y llegan cientos de personas a unirse a la fiesta. El uniforme incluye bolsas del supermercado que no parecen incluir cinta de lomo o pan de molde, sino un botellón como la selección manda. Hay ganas de beber, de bailar, de festejar.

Un señor, que ya andaba perjudicado desde media tarde, camina con dificultad y pregunta a voz en grito: “¿Pero no van a actuar Iron Maiden o La Polla?”. Pero quien suena es DJ Michenlo, que lo mismo te mezcla a la Carrá que a Los Piratas. Hay una rave a orillas del Manzanares. No es una forma como cualquier otra de empezar la semana. Madrid recibe a las campeonas del mundo de fútbol. Y no hay morreo sin consentimiento que empañe el mérito de estas 23 mujeres.