sábado, julio 20

US Open 2023: El implacable Alcaraz repite semifinales | Tenis | Deportes

Empapado, Carlos Alcaraz festeja brazos en cruz y ante la cámara su última victoria, que le permite desembarcar con toda la artillería en las semifinales de Nueva York. Son las cuartas de un Grand Slam, ya rutina. Decía Alexander Zverev dos días antes que está de vuelta y a la vez se sinceraba, matizando que su propuesta actual probablemente no era suficiente para contener tanto talento. No le faltaba razón. Más allá del electrónico (6-3, 6-2 y 6-4, tras 2h 30m), el escáner del pulso revela dos realidades diferentes, la de un competidor que viaja en cohete y la de otro todavía sin el filo necesario. En consecuencia, el de El Palmar se dirige ya hacia el rudo Daniil Medvedev, siguiente escollo en el cuadro. El ruso ha batido previamente a su compatriota Andrey Rublev (6-4, 6-3 y 6-4).

No se ha cerrado el primer juego y Alcaraz ya tiene cubierto el cuerpo de un barniz sudoroso por el sofocante ambiente que se respira en la central. La Arthur Ashe se ha transformado en un baño turco y se multiplica la circulación de los refrigerios en las gradas: ya no es solo fiesta, es necesidad. Poco antes, el ruso Medvedev advertía en pleno partido: “Algún día va a morir algún jugador”. No es una buena noche para jugar al tenis, está claro, ni tampoco parece que Zverev vaya a colaborar demasiado. El alemán, en pleno proceso de reconstrucción, aborda con valentía el partido –31 grados de temperatura y alrededor de un 70% de humedad– y carga sobre la pelota con decisión, generando dificultades al murciano en los tres primeros tunos de servicio.

Sin embargo, Juergen, un periodista alemán que redacta en el móvil y tiene hechuras de portero de discoteca, vaticina en la tribuna: “Sascha no tiene nada que hacer”. No la falta voluntad al de Hamburgo, pero en cuanto intenta abrir la puerta se lleva un doble sopapo –anuladas las dos primeras opciones de rotura del duelo– y acto seguido un tercero que respalda la contundente afirmación del reportero, que resuelve con una convicción absoluta. “Nada que hacer…”, repite con una sonrisilla. No es ventajista. Alcaraz todavía no ha arañado el primer break, que llega instantes después –para 4-3, merced al pinchazo repentino del rival con el saque– y decanta el primer parcial. En un visto y no visto, a Zverev le ha caído el Empire State Building encima. Si flojea su martillo, el desenlace está cantado.

Zverev intenta devolver la pelota durante el partido.
Zverev intenta devolver la pelota durante el partido.Danielle Parhizkaran (USA TODAY Sports via Reuters Con)

Dos noches antes, el gigantón se había metido una paliza de aúpa para derribar a Jannik Sinner –cerca de cinco horas, selladas superada la una y media de la madrugada– y conforme trata de digerir ese primer golpe anímico, su competitividad va evaporándose y todo empiezan a ser problemas para él. Y eso que el español ha ganado el primer set casi a disgusto. Ha partido con una doble falta, ha fallado un remate claro que no falla nunca y tras ceder un punto le ha dado una ligera patadita al soporte publicitario. Boquea y el calor es asfixiante, pastoso, se pega. Pero todo va sobre ruedas. Adquirida esa capacidad de resolver situaciones peliagudas sin la necesidad de elevar excesivamente el nivel, todo es mucho más sencillo. Así se las gasta estos días.

“Es otro nivel de tenis”

Conseguido el desequilibrio, el murciano navega prácticamente a placer y se desata. Va descascarillando al alemán, que cada vez se inclina más y cada vez contrarresta menos. Ya no hay vuelta atrás para él, negado las cinco veces que intenta encontrar el mentón del adversario. En sentido inverso, abierta la vía Alcaraz no perdona: cinco mordiscos en otras tantas oportunidades. Es un ejercicio perfecto en la contención y la definición. Expone el muestrario y se gusta. Lo disfruta Nueva York. “Es otro nivel de tenis”, incide Juergen. “Tal vez la próxima vez…”, agrega con un tono de incredulidad. A su jugador –26 años y 12º del mundo– todavía le queda un larguísimo recorrido para poder rebatir con garantías al vencedor, implacable desde todos los ángulos. Una tuneladora en Queens. Se decía, se insistía y se repite: se busca oposición.

Se dosifica en la recta final, consciente de que no debe desperdiciar energía. Es suficiente. Compacto e intimidatorio, más y más reforzado, conforme crece el desnivel de las rampas la sensación de que alguien pueda cortarle el vuelo es más reducida. Sencillamente, su calidad es superior. “¿Djokovic, tal vez?”. “No. Así no lo para nadie”.

Dos dentelladas más, y el murciano sería campeón otra vez. Sigue ganando volumen su candidatura a enlazar un segundo título, algo que no sucede desde que lo consiguiera el suizo Roger Federer en 2008. Las mentes viajan inconscientemente hacia el pulso definitivo del domingo, como si el guion del torneo estuviera escrito de antemano y el resto fuera tan solo teatrillo, pero antes les queda trabajo. A Djokovic le espera el efervescente (e imprevisible) Ben Shelton, el último cañonero norteamericano, y a él le corresponde otro baile con Medvedev, que en el único enfrentamiento sobre pista dura, este año en la final de Indian Wells, tan solo pudo rescatar cinco juegos. “Es increíble, su talento es incomparable”, exponía el ruso. Y el tiempo sigue dándole la razón. Como a Juergen.

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